24 de marzo de 2014
Me hundo en un pozo. Caigo lentamente. Son las patadas al corazón las que me hacen descender de esta manera. Patadas verbales, actitudes. Se rasga la pared de mi paciencia, de mi conciencia. Se nubla mi mente y sólo me surgen las ganas de matar, de hacerlo desaparecer. Esas miradas penetrantes, esos ojos se creen los jueces de mi vida. Logran desesperarme, sacarme de mí. Siento una daga atravesándome el alma, como si yo fuese la culpable de todos sus males. De hecho esas fueron sus palabras. Nada ni nadie va a hacerme sentir que no soy nada ni nadie. Por eso mismo quiero hacerlo desaparecer. Le cortaría la lengua para que no pueda hablar, le arrancaría los ojos para no tener que ver más esa maldad en la mirada. No quiero sentir este odio, esta impotencia, estas ganas de destripar todo aquello que me hiere. No me importa quién sea, nada le da derecho a hacerme tener estos pensamientos tan nefastos. Tarde o temprano se va a morir en su propio veneno.
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