24 de marzo de 2014

Camino con dificultad por la arena. Se hunden mis piernas hasta la altura de la rodilla en cada paso que doy, me cuesta mucho avanzar. Y además no dejo de llorar. Sólo veo que estoy casi atascada y las lágrimas que caen quedan marcadas junto a mis huellas. No se por qué lloro, pero voy pensando. Pienso en que siempre intento disfrutar de las cosas mínimas y cotidianas, como un instante con amigos, un rato de silencio cuando la casa queda vacía, un viaje en colectivo escuchando la música que me hace bien mientras me pierdo en mis pensamientos, disfruto hasta de la tristeza misma cuando me invade... Aprecio esas pequeñas cosas que fortifican el alma. Pero siempre, por alguna razón, existe algo de trasfondo que sólo logra lastimarme, y es ahí cuando noto que ese goce de lo cotidiano es más bien una mentira, una escapatoria a la realidad que me concierne. Aparece mamá, y le recuerdo cuánto la amo, a pesar de las diferencias. Me acaricia la cabeza, me mira con dolor y se va. Y yo despierto, llorando. 

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