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"La madura salud mental exige una extraordinaria capacidad de mantener flexiblemente y continuamente un delicado equilibrio entre necesidades, finalidades, deberes, responsabilidades, etcétera, que pueden estar en conflicto. La esencia de esta disciplina de equilibrio es saber renunciar. Recuerdo la primera lección que recibí sobre esto una mañana de verano cuando tenía nueve años. Acababa de aprender a montar en bicicleta y jubilosamente estaba probando hasta qué punto llegaban mis nuevas habilidades. Más o menos a una milla de nuestra casa, el camino corría empinadamente cuesta abajo, y yo, descendiendo aquella mañana por la colina, experimentaba el aumento de velocidad como un éxtasis. Aplicar los frenos y renunciar a ese éxtasis me parecía un absurdo proceder. Resolví pues conservar la velocidad y tomar con cuidado la curva que comenzaba al terminar la pendiente. Mi éxtasis terminó a los pocos segundos cuando me vi proyectado a unos tres metros fuera del camino entre los arbustos. Tenía rasguños y sangraba, en tanto que la rueda delantera de mi nueva bicicleta se había retorcido por el choque contra un árbol. En aquella ocasión había perdido mi equilibrio. Mantener el equilibrio es una disciplina precisamente porque supone renunciar a algo y eso siempre resulta penoso. En ese caso, yo no había querido renunciar a la velocidad que me embriagaba a fin de poder mantener el equilibrio al llegar a la curva. Aprendí sin embargo que perder el equilibrio es, en definitiva, más penoso que renunciar a algo para mantenerlo."
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